El médano 40.

Es un gigante de arena que domina todo el paisaje del balneario. Un vigía amarillo vestido de verde que asoma su cumbre; centinela de Orense.
Forestado por los propios pobladores, el médano 40 es casi tan visitado como el propio mar.
Una mole de arena de 40 metros de altura, estancado en su lugar gracias a las uñas de gato y otras matas que impiden que avance sobre el pueblo.
En los días que llevo acá, no pocas veces alcé la mirada observando su silueta; ayer pasado el mediodía, decidí escalarlo…
Como un desafío personal, lo escruté desde la base; a un lado de la entrada del cámping.
Mirarlo desde abajo obliga a quebrar la nuca. Así y todo, me dije que no podía estar en Orense sin haber puesto un pié en la cima.
Me acomodé al hombro el equipaje pasajero con el que ando por todos lados, y comencé mi ascenso personal.
A poco de iniciar mi camino me dije que no había sido buena idea cargar con el bolso, ni mucho menos lanzarme a aquella aventura en horas de la siesta sin mangas largas y en pantalones cortos; al menos, había tenido el instinto de calzar zapatillas.
Fui sintiendo como se me iba dibujando un mapa de raspones en los brazos y las piernas a medida que sorteaba las matas y arbustos de la ladera; los piés se me hundían en la arena haciendo mas difícil el camino.
No tenía un punto de referencia por el cual guiarme, pues llevaba la vísta en el suelo intentando decidir dónde dar el próximo paso.
Nadaba entre arbustos. Por dos veces perdí el equilibrio, y dos veces pude estabilizarme gracias a una rama oportuna.
El sudor de las dos de la tarde comenzó a bañarme la cara, y una voz interior me dijo que aquella experiencia era eficaz para tomar conciencia de que tenía que reducir notablemente mi cuota de cigarrilos diarios…; el aire se me perdía en la arena.
Al fín, después de lo que pareció una travesía andina, llegué a la cumbre.
Una pareja que visitaba el mirador del médano me vió surgir como una aparición entre los arbustos y ella miró hacia otro lado para disimular su risa.
Una vez que me encontré en la meta, recuperé todo el aire que pude, dejé el bolso en el suelo, y alcé la mirada: Todo el esplendor del paisaje me golpeó en la cara y me dije que el espectáculo bien había valido el esfuerzo.
Descubrí un modesto mirador apto para todo público, con un acceso perfectamente entoscado, ubicado en la ladera posterior, que hasta permitía el ascenso en automóvil.
Claro que me hubiera sido más simple la visita de haber sabido la existencia de aquel acceso, pero me dije a mí mismo que llegar a cualquier lugar siempre es mejor hacerlo por el propio camino.
La pareja de turístas desapareció caminando de la mano por la ruta de salida.
Yo, me senté en la empalizada que hace de baranda hacia el abismo, y contemplando la inmensidad en silencio, encendí un cigarrillo.

Santiago López.




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